sábado, 19 de enero de 2008

El profeta en gabardina

Yo estuve aquel día. No diré que fuese el nacimiento de un mito, porque el rumor corría de boca en boca hacía ya tiempo, propagándose como un virus por toda Inglaterra, pero sin duda el 15 de mayo de 1965 tuvo algo que ver en todo aquello.
Durante toda la semana no hice más que pensar en cómo invitar a Melissa al concierto. Había hecho horas extra en la tienda de mi padre durante casi un mes, y ahora que tenía las entradas no me atrevía a pedírselo. Decidí intentarlo a la salida del instituto, después de buscar una y mil veces la manera más apropiada de dirigirme a ella. Finalmente aproveché el momento en que se quedó sola de camino a su casa, y cuando le dije que me sobraba una entrada no pudo disimular su alegría. Entre saltitos y palmadas quedamos el viernes a las seis en la puerta del Flamingo. Yo ya contaba con acompañarla todo el trayecto, pero me conformé pensando que tenía entradas y chica para el acontecimiento del año.
Aquellos días tuvieron 30 horas para muchos jóvenes como yo. En la escuela no dejaba de restar minutos, alternando mi atención entre el reloj y Melissa, buscando por su parte cualquier señal de ilusión e impaciencia sin éxito aparente. Tiempo después me confesó que ella estaba aún más nerviosa que yo, negociando con sus padres y decidiendo qué ropa apropiada para la ocasión pasaría la estricta censura doméstica.
El viernes decidí no ir a la escuela. Mentí a mi padre sobre unas jornadas de estudio antes de los parciales, y me pasé toda la mañana escuchando a Dave Clark, The kinks y los Who. Llegué a Leicester una hora antes de la cita para asegurarme de que el club seguía allí. Decidí esperar a Melissa en la puerta de la estación, que a aquella hora ya parecía una madriguera de hippyes. Empezaba a impacientarme cuando la vi subir las escaleras con dos amigas. Mi moral rozó el suelo al pensar que tendría que compartirla toda la tarde, pero la gran sorpresa fue cuando despidiéndose de las dos chicas me cogió del brazo, sonrió y tiró de mí hasta que comencé a caminar tras ella calle abajo. Miraba sus caderas como lo haría un asno con la zanahoria al final de la caña. Estaba preciosa con aquella cara pecosa y sus dos trenzas bailando alrededor de la cabeza. Mientras ella hablaba de sus amigas, del vestido con el que sus padres no la habían dejado salir y de toda una serie de temas inconexos que enlazaba sin descanso, yo me limité a mirarla hipnotizado, decidiendo el nombre de cada hijo que tendríamos. Algo me decía que aquella tarde pasaría algo, que nunca olvidaría aquella cita, aquel lugar y aquel momento.
La gente se asomaba a los balcones y salía de las tiendas para ver aquella horda de jóvenes con ropas extrañas y peinados rabiosos. Algunos sonreían, otros blasfemaban contra la marabunta de subversivos que casi todos los viernes cruzaba desafiante el barrio. ¡El circo de los inadaptados ha llegado a la ciudad! Entre canciones y gritos llegamos a la entrada del Flamingo. Antes aproveché para invitar a Melissa a un helado, mientras ella hablaba de los exámenes y yo me dejaba seducir como un adolescente en plena efervescencia hormonal.
Fue entonces cuando lo vi por primera vez. Al principio fue una mirada fortuita, pero después observé sin disimulo al hombre que paseaba junto a nosotros. Todo en él desentonaba; la desproporcionada gabardina, las gruesas gafas de concha, el pelo grasiento pegado a la frente y sobretodo la pequeña libreta de la que no levantaba la vista. Mientras andaba sus labios se movían como si recitase algo en voz baja. Lo miré extrañado hasta que la voz de Melissa me rescató de mi aturdimiento y al fin pudimos entrar al recinto. Todo estaba preparado para la actuación como en una misa pagana: el telón, las luces, las voces y los corazones cada vez más acelerados. La gabardina y su dueño se situaron a poca distancia de nosotros.
El hombre estaba tenso, inmóvil. Pensé en la mujer de Lot convertida en estatua de sal, pero aquel individuo no había mirado ninguna ciudad en llamas, de hecho tenía los ojos cerrados. Casi me pareció menos desequilibrado cuando susurraba mientras escribía obsesivamente en su libreta.
Todos mis pensamientos desaparecieron cuando las luces se fueron apagando. Melissa me estrujó el brazo hasta hacerme daño, y en ese momento me convertí en el único hombre en la sala. Todo era por y para mí; cada nota, cada palabra. Durante dos horas yo también cerré los ojos y vi… sentí. Tal vez fuese el momento, o tal vez el ácido que compartí con Melissa (¿Soñé o me había besado?), pero durante un momento todo se paró. Una extrema lucidez me convirtió en el centro del universo. Por un instante fui yo a quien todos aclamaban, quien embelesaba a cientos de personas con su don y cuya fotografía acaparaba las paredes de Londres en cada esquina.
La euforia que todos sentimos al acabar el concierto se convirtió en humedad mientras avanzábamos por Coventry hacia la estación. Creo que cada uno de los que estuvimos aquella noche sentimos algo parecido, algo que se volvía más lejano e irreal conforme nos alejábamos del Flamingo.
Iba a decirle algo a Melissa cuando reconocí la gabardina que caminaba frente a nosotros. De nuevo aquel tipo escribía sin descanso mientras un sexto sentido le hacía esquivar los obstáculos y las personas. De haber sido algo más suspicaz hubiese pensado que toda la tarde nos había estado vigilando él a nosotros. Mi recelo aumentó cuando le vi subir en nuestro mismo vagón. Sin embargo era yo quien le escrutaba preguntándome quién era, qué hacía allí, hacia dónde se dirigía. Llegué a pensar en seguirlo, pero creí más prudente acompañar a Melissa a su casa. Tal vez me lo agradeciera en el porche si su padre no merodeaba por allí. De todas maneras no necesité seguirlo, porque bajó con nosotros en King´s Cross, aunque algo en su actitud había cambiado. Por primera vez pude ver unos ojos pequeños y asustadizos tras los cristales ahumados. Miraba nervioso hacia todas partes. Durante un segundo nuestras miradas se cruzaron, aunque al instante desvió la suya para desaparecer a paso acelerado.
Noté que Melissa tiraba de mí. De nuevo las amigas aparecían en escena para llevársela a casa y dejarme sin regalo de despedida. Pero la Navidad de aquel año se adelantó a Mayo, aunque no fue precisamente Santa Claus quien me acarició los labios con un beso que prometía muchos otros. Supongo que sería el rojo de mis orejas y mi cara de sorpresa lo que provocó las risilla disimulada de sus amigas, pero no me importó en absoluto, todo había sido perfecto.
Después de despedirnos avancé a solas por los túneles, bajo la luz de los fluorescentes y los ecos de los últimos trenes. Perdí la máscara de bobo enamorado al bajar al andén y encontrarme a unas pocas yardas con el hombre de la gabardina. Ya había oído mis pasos acercándose y me esperaba, o eso pensé yo, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida. Creí reconocer en él una expresión de alivio al verme aparecer. Al instante sacó un objeto metálico del bolsillo mientras instintivamente yo daba un paso atrás. Sin percatarse de mi temor miró a la pared y comenzó a escribir algo con un spray de pintura. Parecía tener más prisa que destreza, de manera que a los pocos segundos guardó de nuevo el spray y siguió su camino sin volver la vista atrás. No me moví hasta que el sonido de sus pasos desapareció. Avancé lentamente mientras las grandes e irregulares letras aún goteantes iban tomando forma frente a mí.
Tres palabras. El hombre de la gabardina había resumido en solo tres palabras lo que nadie aquella noche se habría aventurado a describir. En pie frente al muro las recité mentalmente una y otra vez, hasta que salieron de mi boca en un susurro: “CLAPTON ES DIOS”.
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